Devocional — Cuando el perfume nace del reconocimiento

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Devocional — Cuando el perfume nace del reconocimiento

> “Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume.” — Juan 12:3 (RVR1960)

Hay adoraciones que nacen de la costumbre, pero hay otras que nacen del reconocimiento profundo de quién es Jesucristo. María de Betania no llegó aquella noche con un simple acto emocional; llegó con un corazón marcado por una revelación.

Ella había visto a su hermano salir del sepulcro después de cuatro días muerto. Había visto cómo la voz de Jesús atravesó la corrupción, el dolor y la imposibilidad humana. Desde aquel momento, María ya no podía mirar al Señor de la misma manera. Para ella, Jesús no era solamente un maestro ni un hacedor de milagros. Él era el Señor de la vida.

Por eso derrama el perfume.

Aquel perfume representaba valor, sacrificio, futuro, ahorro y honra. Humanamente parecía un desperdicio. Judas lo calculó. María lo entregó. Y siempre habrá una diferencia enorme entre quienes calculan lo que le dan a Dios y quienes entienden que nada puede compararse con Él.

María no habla demasiado en el relato. Sus acciones hablan por ella. Hay momentos donde la revelación de Dios toca tan profundo el corazón que las palabras ya no alcanzan. Entonces aparecen lágrimas, rendición, silencio, adoración y entrega total.

Y hay un detalle poderoso: ella seca los pies de Jesús con sus cabellos. En aquella cultura, el cabello era parte de la honra de una mujer. María está colocando literalmente su honra a los pies del Señor. La verdadera adoración siempre quebranta el orgullo humano. Nadie puede reconocer verdaderamente a Cristo sin que algo del ego muera.

Mientras otros celebraban el milagro de Lázaro, María parecía haber reconocido al Autor del milagro.

Y eso sigue ocurriendo hoy. Muchos buscan las bendiciones de Dios, pero pocos desarrollan un espíritu agradecido y rendido delante de Él. Algunos aman lo que Cristo puede hacer; otros aman quién es Cristo. Y cuando una persona entiende realmente de dónde la sacó el Señor, la adoración deja de ser una obligación y se transforma en gratitud viva.

Por eso la casa se llenó del perfume.

La verdadera adoración nunca queda encerrada en el corazón. Termina impactando el ambiente. Una vida agradecida delante de Dios cambia la atmósfera donde vive, donde sirve y donde adora.

Reflexión

¿Estoy buscando solamente los milagros de Dios… o estoy reconociendo verdaderamente quién es Jesucristo?

Oración

Señor Jesús, ayúdame a no acostumbrarme a Tu presencia. Que mi corazón nunca pierda el asombro por Tu gracia y Tu poder. Enséñame a adorarte no solamente por lo que haces, sino por quién eres. Quita de mí el orgullo, la superficialidad y la costumbre religiosa, y produce en mi vida un perfume de gratitud verdadera. Amén.

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